lunes, 29 de agosto de 2016

Sudeste Asiatico


Entre las ruidosas, congestionadas y calurosas calles de las ciudades del sudeste Asiático, se respira un contrastante ambiente de pasividad. De alguna extraña manera el ambiente es tan pacifico como el de la vida en los pequeños pueblos y aldeas del área. El día a día en este rincón del mundo   no delata en forma alguna el tormentoso pasado que vivió este apacible lugar hace más de 40 años.
Es decir la guerra de Vietnam contra los Estados Unidos, el genocidio de Pol Pot en Camboya y los constantes bombardeos del ejército  norteamericano en Laos para impedir que las tropas de Ho Chi Min llegaran al sur de Vietnam.
Hoy todavía se pueden ver algunos vestigios de ese pasado tortuoso, con los mutilados que deambulan por las calles de Camboya, quienes fueron víctimas de las minas instaladas en el campo por el jemer rouge, para evitar que su pueblo escapara hacia Tailandia de la cruel dictadura que ellos mismos habían impuesto.
También los proyectiles de los Estados Unidos que no estallaron en Laos, pero  que hoy en día son las campanas de las escuelas rurales, que irónicamente dejaron de ser  objetos destructivos,  para convertirse en  instrumentos de instrucción. 
Por otro lado el gran libertinaje heredado por las tropas estadounidenses en Tailandia, cuando estas descansaban del  servicio en Vietnam, han convertido en Bangkok en una ciudad pecaminosa donde mucho del turismo que los visita hoy en día es sexualmente retorcido.
Dejando aparte esas huellas del pasado y tomando en cuenta todo lo exótico que representa este rincón del mundo, este fue el lugar que escogimos como primer viaje en pareja  mi esposa Blanca y yo en el año del 2009.  Llegamos a Tailandia para pasar algunos días y después cruzamos por tierra hacia Camboya. Blanca regreso a México debido a que tenía que cumplir con las obligaciones de su trabajo y yo seguí solo por Vietnam y Laos.

Tailandia

Después de haber pasado prácticamente toda  la noche en vela pues nuestro vuelo había llegado desde Japón a las 2 de la mañana, no pudimos conciliar el sueño ya que había una mezcla de cansancio y  emoción que nos abrumaba, de tal manera  que  salimos a caminar por las calles de Bangkok a tempranas horas  de la mañana en un denso ambiente cargado de humedad.  El bullicio de las calles apenas empezaba a desarrollarse y recuerdo que entramos a un pequeño monasterio budista del cual desde la  ventana de un templo que se encontraba dentro del recinto, vimos a unos monjes orando frente a la dorada imagen de buda. Fue hasta ese momento que nos dimos cuenta que nos encontrábamos lejos de nuestro hogar presenciando a hombres de otro mundo haciendo sus primeros rituales religiosos del día.


Después de pasar un rato en el monasterio seguimos caminando por las calles de la estridente ciudad  y finalmente llegamos a las orillas del rio Cha Phraya en donde tomamos una embarcación que fungía como transporte público.  Por un instante me sentí transportado en el tiempo y parecía estar dentro de una de las películas de Bruce Lee  en medio de un ambiente de tráfico de embarcaciones que iban y venían por el rio.

Nos bajamos en uno de los tantos muelles o estaciones río abajo y caminamos entre las sucias calles del barrio chino, donde visitamos unos mercados y templos.

Así empezaba nuestro primer día en Tailandia y en este mundo que es conocido como el sudeste asiático


Laos

Realmente no tenía ni siquiera la idea de que visitaría Laos. Mi esposa se había regresado a México y yo ya estaba en Vietnam. Recuerdo que primeramente las calles de Hanói me parecieron intimidantemente congestionadas y las multitudes que estaban por todas partes en verdad me parecían sobrecogedoras. Visite varios sitios por el país como Ho ian, la bahía halong y las montañas de Sapa, pero de repente me di cuenta que ya estaba cansado de estar viajando y  todavía me quedaban varios días para esperar mi vuelo de regreso a casa.
Pensé en quedarme el resto de esos días en Hanói para descansar, ya que para ese momento le había encontrado un gran sabor al caos de esta ciudad y me movía con facilidad por todos lados.
Una mañana estaba en un café donde uno se tenía que sentar en unos pequeños bancos que se encontraban en una angosta banqueta viendo como pasaban por la calle motos, bicicletas, carros y personas cargando cosas sin cesar, cuando al desviar la mirada dentro del pequeño café , encontré  una canasta con libros y revistas. En una revista que particularmente me llamo la atención y que estaba escrita en inglés se  hablaba sobre Laos y lo pacifica que era la vida en este hermoso lugar. En ese momento me pareció tan apetecible que esa misma noche compre un boleto de avión en línea para salir  por la tarde siguiente hacia Luang Prabang en Laos.


La revista que describía la tranquilidad y la belleza de Luang Prabang se había quedado corta en palabras. Desde el instante mismo que salí del avión la velocidad era otra y se respiraba un apacible ambiente rural.  A la hora de pagar el visado al agente de migración no tenía conmigo Kips -que es la moneda local-, de tal manera que el agente me dejo salir fuera del aeropuerto para sacar dinero en un cajero automático, para después regresar y ponerme el visado una vez que lo hubiera pagado.
El pequeño pueblo de Luang Prabang se encuentra ubicado a las orillas del rio Mekong y tiene una gran influencia francesa en su arquitectura. Por un momento sentí que estaba en el pueblo de Santa Rosalia, Baja California Sur en México. Tierra natal de mi madre que también cuenta con una gran influencia francesa en su arquitectura, debido a la presencia de una compañía minera de Francia que se estableció en ese lugar a principios del siglo pasado.
Laos por otro lado había sido una colonia francesa y es por eso que tiene esa gran influencia en sus construcciones que se mezclan harmónicamente con la arquitectura asiática en sus templos budistas. Esa combinación arquitectónica es agradable a la vista con sutiles explosiones de sabor, como su cocina misma al paladar.
Al día siguiente salí a tempranas horas de la mañana para caminar por las calles del apacible pueblo y para mi sorpresa me encontré con muchas personas que se encontraban sentadas o de rodillas al pie de la calle.  Unos minutos más tarde una interminable hilera de monjes budistas caminaban por las calles con los pies descalzos y con una pequeña hoya de metal donde recogían ofrendas de los feligreses que se encontraban de rodillas. Estos les daban arroz principalmente, aunque también les daban frutas y algunos otros comestibles.
Los monjes daban vuelta a la izquierda por una calle para así realizar un gran círculo que abarcaba todo el centro del pueblo, regresando al mismo sitio donde los encontré la primera vez en más de 4 ocasiones.


Todo sucedió en un silencioso ambiente y tan solo en 20 minutos aproximadamente. Más tarde me entere que a este suceso se le llama la ceremonia de entrega de limosnas y sucede cada mañana en Luang Prabang.
De los 35 templos que se encuentran en la pequeña población salen los monjes a la calle en una gran hilera a recibir ofrendas de los creyentes de la religión budista.
Estuve entre cinco o seis días más en esta pequeña población y sus alrededores restaurando mi cuerpo, mi mente y mi espíritu tras un mes de viajar por esta parte del mundo.     

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